ADRIANA SALAZAR: EL AJEDREZ TE ENSEÑA CREATIVIDAD Y DISCIPLINA
12 de septiembre de 2026 · Isauro Bustos Acosta · Historia
“¡Yo le gané a Spassky!” ¿Cómo? ¿Dónde? ¿En qué torneo? le pregunto. “¡No, no fue en ajedrez, fue en tenis! Adriana me relata esta anécdota con una sonrisa en los labios. “Fue en la Olimpiada de Dubai en 1986. En una ronda de la olimpiada yo había perdido rápidamente con una jugadora inglesa. De esas partidas donde te sacan del tablero rápido y no tienes chance de nada. Quedé aburrida y entonces pues no tuve más remedio que ponerme a caminar por la sala a ver partidas, mientras todos los demás seguían jugando. Y de pronto vi a Boris Spassky. Decidí acercarme y con la impertinencia y la osadía propias de mis 22 años, lo saludé, me presenté y le pregunté si quería jugar tenis conmigo. El me miró extrañado, como si yo fuera de otra galaxia y como si no creyera lo que le estaba diciendo. Me acordé que yo en la billetera cargaba un recorte de periódico de aquella época donde aparecía una foto mía cuando tenía cinco años con una raqueta en la mano, con el titular: “Adriana Salazar, Promesa del tenis colombiano”.

Esté artículo se publicó por primera vez en la revisa Peón Ladino de la Federación Colombiana de Ajedrez en septiembre de 2024. “No puedes nadar por nuevos horizontes hasta que tengas el coraje de perder de vista la orilla”. William Faulkner “La magia es creer en ti mismo, si puedes hacer eso, puedes hacer que todo suceda”. Johann Wolfgang von Goethe
“¡Yo le gané a Spassky!” ¿Cómo? ¿Dónde? ¿En qué torneo? le pregunto. “¡No, no fue en ajedrez, fue en tenis! Adriana me relata esta anécdota con una sonrisa en los labios. “Fue en la Olimpiada de Dubai en 1986. En una ronda de la olimpiada yo había perdido rápidamente con una jugadora inglesa. De esas partidas donde te sacan del tablero rápido y no tienes chance de nada. Quedé aburrida y entonces pues no tuve más remedio que ponerme a caminar por la sala a ver partidas, mientras todos los demás seguían jugando. Y de pronto vi a Boris Spassky. Decidí acercarme y con la impertinencia y la osadía propias de mis 22 años, lo saludé, me presenté y le pregunté si quería jugar tenis conmigo. El me miró extrañado, como si yo fuera de otra galaxia y como si no creyera lo que le estaba diciendo. Me acordé que yo en la billetera cargaba un recorte de periódico de aquella época donde aparecía una foto mía cuando tenía cinco años con una raqueta en la mano, con el titular: “Adriana Salazar, Promesa del tenis colombiano”. De hecho, yo fui campeona nacional en dobles desde los 6 hasta los 16 años. Boris vio la foto y me creyó. Entonces acordamos que íbamos a jugar al día siguiente. Pero obvio, a una olimpiada mundial de ajedrez lo menos que yo hubiera llevado era una raqueta o uniforme de tenis, así que salí de ahí y fui a una tienda a comprar. Al otro día nos encontramos. Obvio jugar tenis en Dubai era a otro nivel, con ese calor tan espantoso. Comenzamos a jugar y vi que Sspasski, igual era muy competitivo. No daba ninguna bola por perdida. El partido estuvo muy reñido y finalmente le gané. Él era un caballero completo, muy amable, muy risueño. Fue uno de los partidos de tenis más encantadores que yo haya jugado.
En ese entonces, dentro de la comunidad ajedrecística había varios jugadores de tenis hombres, pero casi ninguna mujer. Yo era una de las pocas ajedrecistas mujeres que jugaba tenis. Unos días después, nos tocó jugar contra el equipo de Austria. Yo tenía enfrente una rival muy difícil, tenía mucho más Elo que yo y más títulos. La partida estaba muy compleja y entonces todo el equipo colombiano se ubicó al frente mío, a espaldas de la austriaca a ver mi partida y a hacerme fuerza. Yo me comienzo a asustar porque empieza a acercarse más gente a mi mesa. Pero noto que insólitamente mi contrincante se comienza a poner mucho más nerviosa que yo, hasta temblaba. Finalmente, se asusta, se equivoca y yo encuentro una manera de ganarle. Pero cuando me levanto, descubro por qué era que mi contrincante estaba tan nerviosa: detrás de mi estaba Spassky, Anderson, todo el grupo de ajedrecistas-tenistas. Y obvio, ella se asustó. ¡Yo creo que a ellos no les importaba tanto mi partida, como que acabara rápido para irnos a jugar tenis!
Nuestra amistad tenística con Spassky se extendió y seguimos jugando en varias olimpiadas más, en Tesalónica, en Moscú. Llegamos a formar un grupo grande de tenistas. Incluso el presidente de la Fide de la época, Florencio Campomanes también jugaba tenis. Jaime Sunye Neto, el brasileño que luego fue presidente de la Federación de Ajedrez de las Américas, también lo hacía muy bien. Muchos años después cuando yo ya estaba casada y mi hijo tenía escasamente un mes de nacido, estuvimos con mi esposo y el bebé en París y visitamos la casa de Spassky. Fue super amable y querido y nos atendió muy bien…. ” La Maestra Internacional Adriana Salazar Varón nació en Bogotá el 27 de diciembre de 1963. Así narra ella sus primeros años: “Fuimos cinco hermanos, yo era la última. Mi papá era Mayor del Ejército y entonces esos primeros años vivíamos en lo que se llamaban las Casas fiscales, que eran unas viviendas especiales adecuadas para los oficiales. Las de nosotros quedaban detrás del teatro Patria, sobre la 106 con séptima, por el sector de Usaquén en Bogotá. De hecho, yo estudié también en el Liceo del Ejército, el Liceo Patria y posteriormente, aparte de jugar por la Liga de Ajedrez de Bogotá, también lo hice por el equipo de las Fuerzas Armadas ”.
¿Cómo iniciaste en el ajedrez? ¿Cómo aprendiste? ¿Quién te enseñó a jugar? Le pregunto a Adriana. “Cuando yo tenía cuatro años mi papa apareció un día en la casa con un tablero de ajedrez. Él era muy aficionado y siempre le gustó jugar. Todos mis hermanos aprendieron y al principio yo solo miraba. Pero mi papa notó que yo tenía un interés diferente, como que miraba el tablero de forma distinta. Entonces me siguió enseñando más directamente a mí. Esas tardes de enseñanza nos acercaron profundamente. Siento que el ajedrez tuvo un impacto demasiado grande en la relación entre mi papá y yo. De hecho, cuando yo comencé a competir mi papá era mi eterno acompañante. En cada torneo sin falta estaba él ahí al lado esperando a que terminara. Yo no sé cuántos libros de literatura y derecho se leyó él ahí en la Liga de Ajedrez de Bogotá mientras me esperaba, pero tuvieron que haber sido muchos. De verdad que siempre admiré su paciencia. Su compañía fue muy valiosa y reconfortante porque para mí hubiera sido supremamente complicado hacerlo sola. En esa época no había internet ni nada del mundo digital que existe ahora, pero mi papá se las ingeniaba para estudiar ajedrez por su cuenta y transmitirme sus conocimientos. Encontraba libros de las maneras más inimaginables y, a pesar de que era un hombre muy ocupado, siempre sacó el tiempo para apoyarme en mi progreso con el ajedrez. Un hecho que siempre me llamó la atención de él fue que nunca me dejó ganar, es decir, cuando jugábamos él siempre jugó conmigo a ganarme. Nunca tuvo compasión conmigo en ese sentido. En alguna ocasión mi mamá me encontró llorando caminando de un lado a otro por los pasillos de la casa y me preguntó: ¿Qué te pasa, por qué lloras? ¡Mi papá se comió mi dama! ¡Tú no sabes lo que es perder una dama! El día que por primera vez le gané fue una emoción muy grande para mí. A lo largo de mi vida, siempre seguimos compartiendo y hablando de ajedrez y por eso siempre agradecí todo el apoyo que él me brindó”.
En esa época, jugar ajedrez era una actividad en mayor parte masculina y Adriana lo recuerda de esta forma: “Era difícil encontrar otra niña que jugara los mismos torneos conmigo. De hecho, en muchos torneos juveniles se daba el hecho que todos eran varones menos yo, yo era la única niña. Era de verdad insólito que una mujer jugara ajedrez.” Por eso la respuesta que le dio a su padre ante la pregunta crítica que le formuló puede parecer insólita también: “Cuando terminé el colegio, yo ya había jugado varios torneos nacionales e, incluso, un Paramericano de cadetes y es entonces cuando mi papá me encara y me pregunta: Bueno, ¿tú qué quieres hacer? La pregunta que todos los papás hacen. El cuestionamiento iba encaminado a qué quería yo estudiar y qué quería hacer con mi vida en el futuro. Me armé de todo el valor que pude y con toda la osadía de que fui capaz le respondí: Yo quiero jugar ajedrez! Y cerré los ojos como diciendo, me van a botar de la casa!” Le pregunto si ella lo sentía así, que si en realidad quería jugar ajedrez por el resto de su vida y me responde: “Sí. Yo no sabía si por el resto de mi vida, pero en ese momento yo solo quería hacer eso: ¡Jugar ajedrez! Y tu padre qué te dijo? “Yo estaba esperando una respuesta de algo así como: ¡te enloqueciste!, pero por el contrario su respuesta, en realidad, fue por demás insólita: - Perfecto. Pero con una condición, me propone él. - ¿Cuál condición? - Estudiarás ocho horas diarias. - ¡Voy a estudiar diez horas diarias! fue mi respuesta instantánea. “Él quería que yo jugara ajedrez pero que si lo iba a hacer lo tenía que hacer con mucha disciplina. Ninguno de mis padres me exigió nunca ser campeona de algo y creo que eso marcó la diferencia. Porque lo único que se pedía de mi era disciplina y yo estaba dispuesta a cumplir con eso. Ahí es cuando yo comienzo a discrepar con un grupo de gente que pensaba que para jugar ajedrez únicamente se requería de talento, pero para mis padres y, para mí misma, eran más importante la disciplina y el trabajo. El talento es algo innato con lo que tú naces, pero si no lo cultivas a través del trabajo y la disciplina no servirá de nada.
Y cómo cayó esa decisión en el resto de tu familia y en el entorno social donde te movías? “ Mis padres lo enfrentaron con la mejor actitud, seriedad y respeto a pesar de que tuvieron que aguantar mucha presión social. Porque no era muy común en esa época que le preguntaran a un papá acerca de lo que su hija quiere hacer y responder que se quiere dedicar al ajedrez. Hoy en día podía pasar por un hecho anecdótico, pero en ese momento era de valientes. Pasaron así cinco años, donde me dediqué exclusivamente al ajedrez. Pero también fue ahí donde me encontré con la soledad, de trabajar casi siempre sola ”. ¿Tuviste algún entrenador, algún mentor durante ese tiempo? le indago. “Como mi papá era oficial del ejército, yo jugaba los torneos que se organizaban en el Club Militar y en alguna ocasión pasó por allí Eliécer Bojacá y me vio jugar. Él era entrenador en la Liga de Ajedrez de Bogotá. Entonces le dice a mi papá: Señor yo quiero entrenar a su hija. Yo tenía 15 años por esa época y comienzo a entrenar con él. Eliécer iba prácticamente todos los días a mi casa a entrenarme. Era una persona muy disciplinada y organizada y aprendí demasiado de él. Se puede decir que él me formó como ajedrecista.”
La muerte. Ese susurro del viento que calla al final del día. Ese pliegue en el tiempo, el último abrazo del silencio. La muerte, ese sitio donde las palabras no llegan y el ruido se desvanece. Donde en la quietud hay belleza. Armada con la serenidad que la envuelve, la muerte toca a las puertas de Adriana de una manera inusitada: “Yo entrené juiciosamente con Eliécer durante seis meses. Y a los seis meses él se muere. Muere en un accidente absurdo, atropellado por un carro. Esa noticia me entristeció demasiado. Pensé, incluso, en dejar el ajedrez. Un hermano me dijo que, si no me parecía muy triste que a alguien que me había dado tanto, yo decidiera olvidarlo y que, al contrario, debía seguir adelante en homenaje a él. Y seguí y gané mi primer campeonato nacional en 1981 ”.