El Baquero Solitario del Ajedrez Colombiano

27 de agosto de 2026 · Eduardo Bermúdez Barrera · Historia

En enero de 1987, el calor de Cali se filtraba espeso en la imponente recepción del Hotel Aristi. El lobby era un hervidero de tensiones muy mundanas: maletas tiradas en el suelo, tableros de madera bajo el brazo y los mejores ajedrecistas del país negociando en voz baja con quién compartirían habitación para abaratar los costos del Campeonato Nacional. En medio de ese mercado de complicidades y murmullos, había un hombre que flotaba en su propio aislamiento. Nadie quería compartir cuarto con él. Para los círculos del ajedrez colombiano de los ochenta, no era simplemente Luis Baquero; era "Watson". Un personaje extraño, indescifrable, una presencia incómoda que la mayoría prefería observar desde una distancia prudencial.

El Baquero Solitario del Ajedrez Colombiano

En enero de 1987, el calor de Cali se filtraba espeso en la imponente recepción del Hotel Aristi. El lobby era un hervidero de tensiones muy mundanas: maletas tiradas en el suelo, tableros de madera bajo el brazo y los mejores ajedrecistas del país negociando en voz baja con quién compartirían habitación para abaratar los costos del Campeonato Nacional. En medio de ese mercado de complicidades y murmullos, había un hombre que flotaba en su propio aislamiento. Nadie quería compartir cuarto con él. Para los círculos del ajedrez colombiano de los ochenta, no era simplemente Luis Baquero; era "Watson". Un personaje extraño, indescifrable, una presencia incómoda que la mayoría prefería observar desde una distancia prudencial.

Fue allí, en ese limbo de la recepción del Aristi, donde se hizo evidente su naturaleza de lobo estepario. Mientras el resto buscaba refugio en el gremio, "Watson" se blindaba tras unos lentes oscuros que evocaban de inmediato la mirada hermética de Pal Benko, interponiendo una barrera física entre sus cálculos matemáticos y la curiosidad del mundo exterior. Baquero no iba a Cali a hacer amigos ni a encajar; habitaba la soledad por convicción y por una profunda paranoia geopolítica criolla. En su mente, el ajedrez nacional estaba capturado por una maquinaria colectiva que él asociaba directamente con el bloque soviético, personificado a nivel local por el rigor estratégico, monolítico y aplastante de los jugadores paisas. Frente a ellos, el excampeón se erigía como un Bobby Fischer bogotano, librando una guerra asimétrica en absoluta soledad. O mejor aún, como un Viktor Korchnoi: el disidente definitivo, el "Watson" proscrito que desertaba de los dogmas de las federaciones para buscar la verdad en la hermosa e inhóspita hostilidad de su propio exilio.

Aquel misticismo de perseguido y genio incomprendido no era una pose gratuita; venía respaldado por el fuego de sus propias hazañas, las cuales él mismo se encargaría de inmortalizar en las páginas de su libro Consagración y bloqueo. En esa bitácora de orgullo herido, Baquero evoca lo que la prensa de la época —en la pluma del célebre Boris de Greiff— bautizó, para restarle protagonismo a su gran triunfo, como "La gran perla del Maracaibo"-La joya romántica del legendario maestro Nicolás Goenaga-. Sucedió en el Campeonato Nacional Abierto del Club Maracaibo de Medellín, precisamente en el corazón de esa Antioquia que él consideraba el cuartel general de la "escuela soviética" criolla. Allí, "Watson" destrozó los pronósticos al firmar una tarjeta imperial: 5 puntos de 6 posibles contra los Maestros Internacionales presentes. En su tablero cayeron no solo Alonso Zapata, Gildardo García, Carlos Cuartas y Jorge González, sino también colosos de talla nacional como Darío Alzate, Antonio Agudelo, Raúl Henao y el indomable Oscar Castro. Para Baquero, derrotar a esa constelación de ex-campeones nacionales en su propia tierra fue su consagración, aunque masticaba con resentimiento que la crónica oficial relegara su proeza a un párrafo escondido. Con fina ironía, narraba cómo el establishment —encarnado en un quejumbroso De Greiff que saboteó la clausura protestando airadamente por el volumen de la música— terminó por ahuyentar al mecenas del torneo, Don Mario. Era la constante en la vida de Baquero: ganar en el tablero con la contundencia de un titán, mientras contemplaba con desprecio las mezquindades del cóctel federativo. Pero la historia del ajedrez es justa con los santos de su propia devoción, y la consagración absoluta de su disidencia llegó apenas un año después de aquel incómodo encuentro en el Aristi, con el estruendo silencioso de los golpes perfectos.

En 1988, "Watson" se plantó en el Campeonato Nacional en una forma física y psíquica excelente, aunque cargando con su fantasma de siempre: la falta de ritmo competitivo. Desde la primera ronda emergió su eterno enemigo, el apuro de tiempo. Aquel torneo no fue un paseo triunfal; fue una agónica guerra de nervios donde tuvo que domar, ronda tras ronda, al implacable «potro del reloj”. La ruta hacia la corona fue una demostración de pura resistencia psicológica y misticismo táctico. En el debut, David Betancur lo tuvo contra las cuerdas en una posición perdida, pero el exceso de ambición de su rival le permitió a Baquero hilvanar una secuencia ganadora en el filo de la jugada 40. Luego vino su primera e histórica victoria sobre Alejandro Acosta, seguida por el derribo de Sergio González. Incluso cuando Antonio Agudelo intentó frenar su racha reviviendo sus problemas con el tiempo, la voluntad de "Watson" se mantuvo imperturbable. El momento cumbre de su obstinación ocurrió ante Raúl Henao: atrapado en una posición inferior, Baquero tenía en sus manos reclamar unas tablas legítimas por triple repetición de posiciones. Cualquier otro jugador habría firmado la paz; el disidente rehusó el empate. Prefirió arriesgarse al abismo y perder pocas jugadas después antes que traicionar su fe en el triunfo. Aquella derrota habría quebrado a cualquiera, pero a él lo templó como al acero. Tras el bache, encadenó un remate brutal de victorias consecutivas sobre los hombres que custodiaban el Olimpo del ajedrez colombiano: Alonso Zapata, José Gutiérrez y el gran Carlos Cuartas. Ver a la mismísima élite del ajedrez nacional relegada bajo su sombra fue la confirmación definitiva de su tesis.

El lobo estepario había derrotado al sistema entero en su propio tablero. Esta consagración empujó inevitablemente su leyenda más allá de las fronteras nacionales, decantando en una página inédita e histórica para el ajedrez de nuestro país durante el US Open de 1990 en Jacksonville, Florida. Fue allí donde el destino cerró de manera poética los círculos de su misticismo. En los pasillos de aquel torneo estadounidense, Baquero y el Gran Maestro Gildardo García me tomaron de la mano para presentarme a Isidoro Cherem y León Schorr. No eran dos desconocidos cualesquiera; eran hombres del círculo íntimo y amigos personales del mismísimo Bobby Fischer. Recuerdo perfectamente la escena: en medio de nuestro insobornable escepticismo, Cherem y Schorr nos miraron fijamente a los ojos para anticiparnos un secreto que en ese momento parecía un delirio de pasillo: Bobby Fischer iba a regresar al ruedo. Para Baquero, escuchar aquella revelación debió haber sido el equivalente a una epifanía religiosa; el eco lejano de su héroe solitario cobrando vida a través de sus confidentes.

 Pero "Watson" no se conformó con ser un mero testigo de la historia ajena en el norte de Florida; él iba a firmar la suya propia frente a las costas cercanas a Saint Agustine. Baquero, que arrastraba el estigma de no haber ganado jamás un premio en metálico de dólares en suelo norteamericano guardó su mejor repertorio para el desenlace. En la última ronda, la tensión se condensó sobre su tablero al verse emparejado contra el Maestro Internacional Jay Bonin, un veterano implacable y uno de los jugadores más activos de la federación estadounidense. En una partida de pura finura y nervios de acero, Baquero trituró la resistencia de Bonin. La victoria no solo significó un triunfo moral sobre un fuerte MI local; le aseguró matemáticamente el codiciado premio en metálico como el mejor jugador bajo los 2400 puntos de ELO. Verlo cobrar aquel premio en dólares fue muy grato pues celebró, lo que según él había sido mi buena compañía, con una cena en el Hotel Hilton de Jacksonville.

Esa gesta en el US OPEN 1990, lo catapultó a 2370, su mejor Elo internacional y, según CHESSMETRICS, alcanzó el lugar # 193 en el ranking mundial, lo que muy pocos trebejistas colombianos han logrado. El hombre extraño rechazado en la recepción del Hotel Aristi, el paria incomprendido del Club Maracaibo había validado su locura en tierras extranjeras. Luis Baquero demostró con creces que mereció portar el tantálico título oficial de Maestro Internacional. De hecho, su hambre de tableros lo llevó a batirse en múltiples arenas internacionales a lo largo de los años, tanto en Estados Unidos como en Europa, dejando su firma en torneos de altísima exigencia como el New York Open, el World Open de Filadelfia, el Abierto de Belgrado y los Opens de Bolzano, el famosísimo de Biel , Lloyd Bank de Londres, el Abierto de Cannes, etc., entre muchos otros. Sin embargo, el destino de "Watson" estuvo siempre dividido entre dos mundos exigentes. Quizás su brillante e impecable trabajo como ingeniero en ISA  (Interconexión Eléctrica S.A.) le impidió una dedicación a tiempo completo a las 64 casillas; un sacrificio corporativo que, de no haber existido, muy seguramente nos habría entregado a un jugador de muchos más kilates y con un palmarés internacional de mayor calibre. Al final, ante los amigos de Fischer y con los bolsillos llenos por su propia Práctica Deliberada, "Watson" demostró que la soledad más absoluta no era una debilidad de carácter, sino la coraza idónea para alcanzar, bajo sus propios términos, la esquiva e inolvidable inmortalidad del tablero.

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