EL DÍA QUE EL ASESOR DE SEGURIDAD NACIONAL LLAMÓ A FISCHER PARA SALVAR EL MATCH DEL SIGLO

1 de septiembre de 2026 · FM Faiber Lotero · Historia

En el verano de 1972, mientras el mundo aún se debatía entre dos bloques ideológicos enfrentados, una llamada telefónica cruzó el continente americano con desti

EL DÍA QUE EL ASESOR DE SEGURIDAD NACIONAL LLAMÓ A FISCHER PARA SALVAR EL MATCH DEL SIGLO

Atículo publicado en octubre de 2025 En el verano de 1972, mientras el mundo seguía dividido en dos bloques ideológicos, una llamada telefónica cruzó Estados Unidos rumbo a Nueva York. El remitente era Henry Kissinger, asesor de seguridad nacional y quien posteriormente, en 1973 ganara el premio Nobel de la paz. El destinatario, Bobby Fischer, el genio del ajedrez que se negaba a disputar el Campeonato Mundial contra el soviético Boris Spassky. Aquella conversación no solo salvó el encuentro: convirtió el tablero en una trinchera simbólica de la Guerra Fría.

Fischer había ganado el derecho a retar al campeón tras una racha sin precedentes en 1971. Primero derrotó al soviético Mark Taimanov por 6-0, una humillación que le costó sanciones políticas en la URSS. Luego repitió el marcador contra el danés Bent Larsen, considerado el mejor jugador occidental. Finalmente venció al excampeón mundial Tigran Petrosian con un contundente 6.5 a 2.5, rompiendo la legendaria solidez del armenio y asegurando su lugar en el match por el título. Nunca antes un aspirante había llegado al campeonato con semejante dominio.

Pero su comportamiento era impredecible. En lugar de volar a Reikiavik, sede del encuentro, se encerró en Nueva York, lanzando exigencias cada vez más absurdas: aumento del premio, condiciones técnicas, control de cámaras, aislamiento acústico. Mientras Spassky ya entrenaba en Islandia, Fischer desaparecía de los radares. Un periodista islandés llegó a preguntar si alguien tenía “pruebas de que Fischer existía”. La FIDE, la federación islandesa y el comité organizador ofrecieron premios adicionales, garantías técnicas e incluso incentivos privados. Nada funcionaba. Fue entonces cuando el presidente Richard Nixon pidió a Kissinger que interviniera.

La llamada fue directa y contundente. Kissinger comenzó con humor: “Este es el peor jugador de ajedrez del mundo llamando al mejor jugador del mundo”. Luego, con tono firme, añadió: “Estados Unidos quiere que vayas y derrotes a los rusos”. Fischer aceptó. La presión diplomática, el orgullo nacional y el aumento del premio, gracias al mecenas británico James Slater, hicieron el resto. Aterrizó en Reikiavik en medio de un frenesí mediático, y el mundo respiró aliviado: por primera vez en décadas, el ajedrez se convertía en espectáculo global con implicaciones geopolíticas.

El match fue tan tenso como se esperaba. Fischer llegó tarde a la primera partida y la perdió por un grave error en un final igualado, salió furioso consigo mismo por el error no forzado y con el contexto alrededor del match, no le gustaba el escenario. La segunda partida también la perdió esta vez por incomparecencia. Para la tercera, exigió jugar en una sala de tenis de mesa detrás del escenario. Los soviéticos, paranoicos, acusaron a Fischer de manipular las sillas con dispositivos electrónicos. La policía islandesa las escaneó con rayos X. ¿El resultado? Dos moscas muertas. Spassky, aunque más diplomático que sus compatriotas, comenzó a perder el control del match. Fischer, una vez en juego, desplegó una creatividad y precisión que desarmaron al campeón soviético.

Para la tercera, exigió jugar en una sala de ping-pong aislada detrás del escenario, está terminó con una gran victoria para el norteamercicano. Los soviéticos, paranoicos, acusaron a Fischer de manipular las sillas con dispositivos electrónicos. La policía islandesa las escaneó con rayos X. ¿El resultado? Dos moscas muertas. Spassky, aunque más diplomático que sus compatriotas, comenzó a perder el control del match. Fischer, una vez en juego, desplegó una creatividad y precisión que desarmaron al campeón soviético.

Fischer ganó el match por 12.5 a 8.5. La partida 21 se aplazó tras 40 movimientos; esa noche Spassky analizó la posición y al día siguiente llamó al árbitro Lothar Schmid para anunciar su abandono. Schmid abrió el sobre con la jugada sellada y declaró a Fischer campeón del mundo. Por primera vez en 24 años, el título salía de la URSS. Fischer se convirtió en el undécimo campeón mundial, y el ajedrez en un símbolo de victoria cultural para Occidente.

La intervención de Kissinger no fue solo un gesto diplomático: fue una maniobra de poder blando que entendía el ajedrez como extensión del conflicto ideológico. Fischer, con todas sus excentricidades, se convirtió en un héroe improbable. Y Kissinger, en un inesperado facilitador de historia. El tablero, por un momento, fue más que un juego: fue escenario de una batalla silenciosa entre dos mundos. Y todo comenzó con una llamada. Otras partidas del Match del siglo que terminaron en victorias:

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